(2) Médico mexicano luchó por D.H. de población afroamericana contra el Ku Kux Klan, en sur de Estados Unidos
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Actualizado: hace 16 horas
Cuando regresó a México siguió la lucha por los Derechos Humanos desde la Medicina: logró introducir la morfina y el fentanilo en el país
Texto: Arantza Hazel y Carlo Aguilar
Fotos: Ximena Bobadilla
Infografías: Mario Ortega
Querétaro, Querétaro. Su sonrisa y mirada muestran la emoción, así como una ventana a los recuerdos de su vida en Mississippi. Cuando comenzaba sus veintes, fue parte de una comunidad religiosa que luchó contra el Ku Kux Klan y a favor de los derechos de la población afroamericana en comunidades cerca de los pantanos por el río Mississippi, sur de Estados Unidos, durante los 60´s.
La figura y el legado de Martín Luther King, figura histórica que se recuerda o conmemora el lunes 19 de enero de 2026, impulsaron una dirección o sentido en la vida de Juan Ignacio Romero Romo: la lucha por los Derechos Humanos.
“El MAGA -Make America Great Again- es lo mismo (que el Ku Kux Klan). Nomás que sí luchan con la cachuchita y lo hacen abiertamente por el apoyo del presidente Trump”, advierte en la entrevista.
Romero Romo, con estudios en Filosofía, Teología y Medicina, también participó en la lucha a favor de la población chicana en Texas y California. Todo entre 1964 y 1971, cuando la segregación racial era un obstáculo en Estados Unidos.
Con décadas de vivencias y experiencia, el hoy médico camina, saluda con alegría y platica con estudiantes en pasillos de la Facultad de Medicina de la UAQ, institución donde es catedrático.
Del Ku Klux Klan a MAGA: el racismo que no desaparece en E.U.
La lucha de Martin Luther King también tuvo un efecto dentro de la comunidad mexicana residiendo en Estados Unidos. Para Juan Ignacio Romero Romo, trabajar de la mano con quienes continuaron el esfuerzo de Martin Luther King significó “algo maravilloso, porque el llamado fue básicamente para apoyar los Derechos Humanos de la comunidad afroamericana”.
Respecto a un compañero sacerdote afroamericano con formación en Arquitectura por la Universidad de Washington que “la comunidad de Ku Klux Klan lo detestaba, porque él era el encargado del mantenimiento de todo el edificio, y no aceptaba, así en palabras, que un negro les diera órdenes a un blanco” .
Romero Romo, -quien más adelante, además de ser licenciado en Filosofía y maestro en Teología, se formó en el área de la salud como médico cirujano- señaló algunas similitudes de los años 60 y la actualidad, en relación con los derechos humanos de los mexicanos y la comunidad latina en Estados Unidos:
“Ese aspecto de segregación y discriminación es tan racista, que usted está viendo que la gente está realmente peleando contra todas las decisiones de Trump al respecto [...] el MAGA -Make America Great Again- es lo mismo. Nomás que sí luchan con la cachuchita y ya lo hacen abiertamente por el apoyo del presidente (Trump). Es algo muy triste, porque lo que está pasando no debería de pasar.
“Fíjese, desde el 64 a actualmente, ¿cuántos años son? 61 años. ¿Qué pasó con la historia? No la han aprendido. Eso que quede muy claro. 64 años y no se ha aprendido la Historia”.
Cuando la pantalla se volvió herramienta de dignidad chicana
En San Antonio, Texas, el canal 41 emitió un programa que le dio voz a la comunidad chicana a finales de los sesentas. Tuvo alcance en Laredo, Brownsville y Houston, Texas; ciudades en las cuales había numerosa presencia mexicana.
El doctor Juan Ignacio Romero Romo fue parte de este proyecto: “se necesitaba que se escucharan los programas sobre los Derechos Humanos en la educación, en la Medicina, en la vivienda y en la salud (...) Fue una lucha muy bonita, porque trabajar a través del canal 41 nos dio la oportunidad de hacer cosas: trabajamos para asistir a las mujeres que habían huido de la trata de blanca de México en aquel entonces”.
El programa estuvo al aire durante tres años, todos los domingos a las 12 del día; su alcance fue tal que después logró competir con la comunidad chicana en Nueva York, Miami y California en un concurso sobre los contenidos que hacían y la población a la cual llegaban.
El premio tuvo un valor monetario de cinco mil dólares. Ese dinero fue invertido en darle espacio a jóvenes que estaban en los barrios y tenían problemas de adicción, para que, en su lugar, “estuvieran metidos en algo que les ayudara a ellos y a la comunidad, y que ellos mismos jalaran a más chicanos para poder dejar las drogas o no acercarse a las drogas”.
Salud, Derechos Humanos y resistencia en México
El jueves 10 de junio de 1971, fecha recordada en el calendario de México como “la matanza del jueves de Corpus”, Juan Ignacio Romero Romo ya era estudiante de Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y fue representante de su Facultad para tomarla como acto de protesta hacia la represión de las instancias federales.
“Cerramos todo, sin maltratar nuestras Facultades, y de ahí nos unimos para irnos en camiones o en metro, para llegar a la normal, a entrar a la, vamos a decir, al movimiento que se estaba llevando a cabo de Santo Tomás hacia San Cosme. Cuando llegué, porque vivía en la calle de Nogal, exactamente dos cuadras antes de la Normal, allí, a mi casa, para cambiarme, estaban los camiones del Ejército y de ahí bajaban los ‘halcones’ con los garrotes ensangrentados.
“Cuando me vieron entrar, me persiguieron, para saber que estaba yo así, porque me vieron con mi bata; entonces me persiguieron y, cuando yo me metí a mi casa para protegerme”, expresó el entrevistado.
Fundó el área de Cuidados Paliativos en Instituto de Cancerología
Desde el área de la salud, Romero Romo se especializó en Psico-Oncología y a través de esta especialidad su lucha por los Derechos Humanos persistió.
“En el 73 luché muchísimo y conseguí toda la literatura que pude para echar andar en México los cuidados paliativos de los cuales soy fundador. A través del Instituto Nacional de Cancerología [...] eché a andar el Departamento de Dolor y Cuidados Paliativos para todos los pacientes de cáncer y todos los pacientes con insuficiencia renal. Aquí estuve 32 años trabajando en el Hospital General”.
El médico Juan Ignacio Romero desestigmatizó la introducción de la morfina para los tratamientos paliativos para los pacientes con una enfermedad crónica como el cáncer.
“Terminé mi entrenamiento en Neuropsiquiatría. Fui a pedir trabajo en Cancerología, que apenas se acababa de fundar allá en San Fernando, Tlalpan. Al principio, dijeron: “soy un psiquiatra, ¿qué tiene que ver?”, y, afortunadamente, el subdirector se había entrenado en Sloan Kettering, en Nueva York, donde él fue el jefe de residentes de todo ese hospital [...]
“En ese entonces, lo más importante era el apoyo de la salud mental al paciente con cáncer y su familia, pero, al ver las necesidades que había de la carencia de los analgésicos para los pacientes con cáncer.
“En otras partes del mundo había morfina; nosotros no lo teníamos porque nuestras autoridades consideraron que la morfina era un posible viaducto que podría causar adicciones en los pacientes, y para eso fue muy triste, porque fue una lucha de 1982 hasta que la logramos introducir en el 88”.
No obstante, su voluntad por más alternativas de tratamientos paliativos, provocó una diferencia con uno de sus colegas, la cual tuvo consecuencias.
“Estaba ya en competencia con la morfina para traer y él escribió una carta denunciándome como promotor de la drogadicción en México con Guillermo Soberón. La siguiente fase fue que se giró una orden para que mi teléfono fuera interrumpido y yo tuviera sombra por 6 meses’ desarrolló.
“Hubo pacientes que venían -a CDMX- desde Oaxaca a recibir la morfina (...)”
Juan Ignacio Romero Romo hizo explícito el control sobre el uso de la morfina y otras drogas en el tratamiento del cáncer: “Establecimos un programa para el alivio del dolor por cáncer, donde teníamos un control muy estricto de todo lo que era ver al paciente, y prescribirle y darle la morfina”.
“Hubo pacientes que venían desde Oaxaca a recibir la morfina y nos traían así, la cuenta de cómo la habían dado. Inclusive, una de estas pacientes falleció allá, en la sierra, llegó la hija nada más a darnos el acta de defunción y decirnos que la enterraron con todo y morfina’.
Posterior a la introducción de la morfina, Romero Romo fue a estudiar a Estados Unidos e hizo conferencias a nivel mundial sobre este tema, dado que, desde su experiencia personal, él también vive con una enfermedad crónica.
Su preparación le dio las herramientas para introducir, una vez que la morfina fue aprobada para los tratamientos paliativos, el fentanilo, con la regulación para no modificar su estructura y que así no se convierta en una sustancia de abuso.












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